Reconstruir para resistir: el desafío sismorresistente que enfrenta Pereira

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El terremoto del 10 de agosto dejó al descubierto la fragilidad de un parque construido antes de las normas sísmicas. La reconstrucción abre la puerta a tecnologías que ya usan Chile y Japón, en un debate que va más allá de simplemente volver a levantar lo caído.

El epicentro estuvo en San José del Palmar, en el Chocó, pero fue Pereira la que contó sus muertos por decenas y vio derrumbarse el corazón de su centro. Esa paradoja —la ciudad más golpeada no fue la más cercana al origen del sismo— encierra la pregunta que hoy define su futuro: ¿por qué cayó lo que cayó, y cómo se reconstruye para que no vuelva a caer? La respuesta apunta menos a la furia de la naturaleza que a las decisiones humanas tomadas décadas atrás sobre cómo y con qué se construyó la ciudad.

El diagnóstico: una ciudad levantada antes de las reglas

Las autoridades locales fueron directas al explicar el desastre. El alcalde de Pereira reconoció que gran parte de las estructuras que colapsaron son antiguas y anteriores a las normas que rigen la construcción moderna. El gobernador de Risaralda, Juan Diego Patiño, lo precisó aún más: muchas de las edificaciones caídas se levantaron antes del terremoto del Eje Cafetero de 1999 y no contaban con los reforzamientos de sismorresistencia que se adoptaron después de aquella tragedia.

El dato técnico lo respalda. Colombia adoptó su primer código de construcción sismorresistente apenas en 1984, mediante el Decreto 1400, expedido tras el terremoto de Popayán de 1983, que dejó 267 muertos. Todo lo construido antes de esa fecha —y buena parte de lo levantado hasta finales de los noventa— responde a una época en la que la resistencia sísmica no era una exigencia obligatoria. En el centro de Pereira, donde se concentraron los colapsos, predominan justamente esas estructuras. El caso más simbólico es el de «Los Bloques», una unidad residencial construida hacia los años setenta a pocas cuadras de la Plaza de Bolívar: quedó de pie, pero condenada a la demolición.

A ello se sumó un factor de exposición: el sismo ocurrió cerca de las 7:30 de la mañana, en plena hora pico, cuando miles de personas transitaban por calles rodeadas de edificaciones vulnerables. La combinación de un parque construido antiguo y una franja horaria de máxima circulación multiplicó la tragedia.

La norma vigente y su brecha

La norma que hoy rige es la NSR-10, el Reglamento Colombiano de Construcción Sismo Resistente, adoptado en 2010. Pereira está clasificada como zona de amenaza sísmica alta, junto a ciudades como Cali, Manizales, Armenia y Popayán. La norma establece los requisitos mínimos para que una edificación resista un sismo sin colapsar. Sin embargo, tras el terremoto, un coro de expertos coincide en dos problemas: la norma tendría más de una década sin una actualización de fondo, y buena parte de las construcciones del país ni siquiera se diseñan con ella, sobre todo en zonas rurales y en la autoconstrucción informal.

La distinción que plantean los ingenieros es clave para entender la reconstrucción. Una estructura sismorresistente —el mínimo que exige la NSR-10— está diseñada para soportar el sismo sin caerse, aunque se agriete o se deforme en el proceso. Una estructura antisísmica, en cambio, busca que el movimiento afecte lo menos posible al edificio, de modo que no solo no colapse, sino que quede en pie y operativo. La diferencia no es menor: muchas edificaciones que no se derrumbaron quedaron igualmente inhabilitadas por daños graves, lo que obliga a cerrarlas y, en no pocos casos, a demolerlas.

Las tecnologías: cómo se blinda un edificio

Existen dos grandes familias de tecnología antisísmica, ya probadas en el mundo. La primera es el aislamiento de base: dispositivos instalados entre el edificio y sus cimientos —fabricados con capas de caucho, acero y materiales que absorben energía— que funcionan como un amortiguador. Cuando el suelo se mueve, el edificio encima se desplaza mucho menos, porque son los aisladores los que absorben la mayor parte de la energía. La segunda familia son los disipadores de energía, elementos que se instalan dentro de la estructura y absorben parte de la fuerza sísmica, como frenos internos que reducen las vibraciones.

La elección entre uno y otro depende del terreno y del tipo de edificación. Los aisladores logran la mayor reducción del impacto y son ideales para mantener operativas estructuras críticas como hospitales; los disipadores resultan más efectivos en edificios altos o en suelos muy blandos, donde el aislamiento no siempre es viable. Según los proveedores del sector, los disipadores pueden reducir la demanda sísmica hasta en un 30 o 40 por ciento, mientras que los aisladores alcanzan reducciones mayores.

Chile y Japón lideran su aplicación. En Chile, la adopción de estas tecnologías antes y después de sus grandes terremotos mostró resultados que hoy son referencia regional: edificios que, tras el sismo, siguieron habitables y operativos. Japón, sometido de forma permanente a la actividad sísmica, las incorpora de manera masiva. La experiencia de ambos países demuestra que la tecnología no evita el terremoto, pero sí reduce de forma drástica sus daños.

El aterrizaje en Pereira: reforzar lo que quedó, exigir en lo nuevo

Los expertos consultados tras la tragedia coinciden en que la reconstrucción de Pereira debe moverse en dos ejes. El primero es el reforzamiento sísmico de las estructuras que quedaron en pie pero comprometidas, con una advertencia técnica: cada tipo de edificación exige una solución distinta, pues no es lo mismo reforzar una construcción en bahareque que una de concreto. El segundo eje es el cumplimiento estricto de la norma sismorresistente en todo lo que se levante de nuevo, con supervisión técnica real que cierre la brecha entre lo que la norma exige y lo que efectivamente se construye.

Aquí es donde la tecnología antisísmica cobra sentido para la ciudad. Incorporar aisladores y disipadores en las nuevas edificaciones críticas —hospitales, colegios, centros de atención— permitiría que, ante un próximo sismo, esas instalaciones no solo protejan a sus ocupantes, sino que sigan funcionando cuando más se necesitan. Es, precisamente, la lección que dejó esta emergencia: varias clínicas de Pereira tuvieron que restringir servicios por daños estructurales en pleno pico de atención.

El debate sobre el costo suele frenar estas decisiones, pero los especialistas lo matizan. Aunque estas tecnologías encarecen la inversión inicial, reducen de forma notable los gastos de reparación tras un sismo y, sobre todo, evitan la pérdida total de la edificación. Medido en la vida útil de un edificio —cien años o más—, el sobrecosto inicial se compensa con el ahorro en reconstrucción y con la continuidad del servicio. Dicho de otro modo: pagar más una vez puede salir más barato que reconstruir varias veces.

Una oportunidad para no repetir la historia

El Gobierno nacional declaró la reconstrucción de Pereira como una de sus prioridades y anunció que se financiará a través de la emergencia económica, dentro del llamado ‘Plan Milagro de Reconstrucción’. En el Congreso ya se discute una ley que busca flexibilizar los subsidios de vivienda y agilizar la habilitación de suelo para levantar las casas perdidas. El reto será que esa velocidad no se imponga sobre la calidad: reconstruir rápido, pero reconstruir bien.

Colombia ya ha reconstruido dos veces tras un terremoto —Popayán en 1983 y el Eje Cafetero en 1999— y cada tragedia dejó lecciones que no siempre se aplicaron. Pereira tiene ahora la oportunidad de convertir el dolor en un punto de quiebre: pasar de una ciudad que sobrevive a los sismos a una que los resiste. La tecnología existe, la experiencia internacional está documentada y el momento —con la reconstrucción por delante— es el indicado. La decisión, esta vez, es política y técnica antes que natural.

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